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Editorial: El diálogo no es un plan de gobierno

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La iniciativa lanzada la semana pasada por once organizaciones políticas para iniciar un “diálogo alturado” con el gobierno debe haberle caído a la premier Ana Jara como maná del cielo. En la difícil encrucijada que supone para el Ejecutivo enfrentar al mismo tiempo las acusaciones sobre supuestos ‘reglajes’ a propios y extraños, las suspicacias en torno a la demorada repatriación de Martín Belaunde Lossio y la derogación de la ‘ley pulpín’, la posibilidad de jugar la carta del talante democrático para escuchar a la oposición actúa como un bálsamo.

El propósito de celebrar tales reuniones, no obstante, enfrenta ciertos inconvenientes. Como, por ejemplo, que algunos de los invitados de rigor estén demandando al mismo tiempo la salida de varios ministros, incluyendo a la propia jefa del gabinete. O, también, que esta última se ponga a dudar en voz alta de la “comprensión lectora” de alguno de sus eventuales interlocutores.

Todo eso, sin embargo, ya ha sido señalado y no es nuestra intención abundar aquí en tales argumentos. Lo que nos interesa discutir, en cambio, es la utilidad y el alcance que ese diálogo -de llegar a concretarse- podría tener, porque quizás las esperanzas cifradas en él sean excesivas.

Existe, efectivamente, en torno a la noción del diálogo, una fantasía de panacea. Desde la ‘concertación’ promovida a principios de los ochentas por Alfonso Grados Bertorini (por entonces ministro de Trabajo del segundo belaundismo) hasta los vanos esfuerzos de apertura encabezados por el ex premier Juan Jiménez durante esta misma administración, la idea de que sentar a todos los sectores políticos a conversar sobre los problemas del país constituye de por sí una solución a muchos de estos ha permeado permanentemente el discurso de gobierno y oposición. Si se piensa detenidamente, en el fondo hasta el Acuerdo Nacional funciona bajo esa premisa.

Pero las cosas, lamentablemente, son un poco más complicadas. Con todo lo positivo que puede resultar para la salud democrática de nuestra sociedad que quien ostenta el poder ejercite periódicamente la tolerancia y la disposición a prestar oído a las críticas de sus adversarios, si no se acude a esas conversaciones con una agenda clara, nada saldrá de ellas.

De lo contrario tendríamos que asumir que, por el hecho de estar todos los aspirantes al poder reunidos, de pronto una entidad distinta se materializará para hablar por boca de ellos; ni más ni menos que en una sesión de espiritismo. Y ya sabemos que, en esos casos, la voz realmente suele provenir de alguien que está oculto tras la cortina.

A decir verdad, la mayoría de las veces, semejantes cónclaves no son otra cosa que una ocasión para la foto, y las propuestas que se obtienen de ellas son perogrulladas y generalidades del tipo: “hay que destrabar la productividad para volver a crecer al 7% anual” o “hay que eliminar el 24 x 24 en la policía”. Sí, claro; y también hay que incrementar el presupuesto para Educación y potenciar los programas sociales sin descuidar la disciplina fiscal. Frases arrancadas de algún almanaque u horóscopo político para cubrir la vacuidad ideológica y la falta de dirección.

Pero si la orfandad de ideas y proyectos es reprobable en la oposición, en el gobierno constituye una falta imperdonable, porque las personas que lo integran son quienes se comprometieron con nosotros a conducir el país por cinco años, tras haberse promocionado durante la campaña como un equipo solvente para llevar adelante la tarea. Y ocurre que, cumplidos ya tres años y medio de la actual administración, cunde la sospecha de que, una vez más, hemos sido víctimas de una variante de la publicidad engañosa.

Que el diálogo se produzca, entonces, si ello contribuye al apaciguamiento del crispado clima político de estos días y a la consolidación de la convivencia civilizada. Pero que nos pretendan contar que de ese intercambio es de donde tienen que salir los lineamientos que orienten nuestro desarrollo en el futuro inmediato o las soluciones mágicas a las carencias y los problemas que nos afectan hoy igual que hace tres años, o siete o veinte. Porque el diálogo no es un plan de gobierno. Y si bien conversar es bueno, gobernar –que es finalmente aquello que nos prometieron hacer los que hoy se aferran al diálogo como a un madero en medio del naufragio- es mucho mejor.

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