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Autogoles políticos, por Enrique Bernales Ballesteros

El gobierno ha cometido muchos autogoles políticos. Ahí está como ejemplo la derogada ‘ley pulpín’.1056218

En enero seguí a la distancia la escena política peruana. El interés por conocer de cerca fenómenos como el de Podemos en España, cuya enorme intención de votos amenaza con acabar con el bipartidismo PP-PSOE; el de Syriza, que ha triunfado en Grecia con banderas opuestas a las políticas de austeridad; y el del alarmante crecimiento en Francia y Alemania de agrupaciones facistoides, así como la actividad terrorista de células yihadistas en varios países europeos, además de Iraq y Siria, principalmente, me retuvo en el Viejo Continente más tiempo de lo previsto.

Deseaba encontrar al retorno un país donde los agitados vientos que caracterizaron la política en el 2014 habían amainado. Sin embargo, comenzamos el 2015 con encrespadas contestaciones que anuncian climas de mayor crispación. El proceso electoral del 2016 se ha adelantado, y no hay que ser adivino para advertir que el año y medio que resta al gobierno sufrirá las interferencias de una contienda electoral que tiene características de confrontaciones radicales. Conviene, pues, a las fuerzas políticas serenar los ánimos.

En este contexto, hay voces que llaman al diálogo como solución para bajar la temperatura. Cualquier manual de Ciencia Política dirá que el diálogo es un elemento intrínseco de la democracia y hay valiosas experiencias históricas que nos proporcionan referencias positivas a las cuales remitirnos. Una constante de esta vía es que ella arroja soluciones positivas, cuando se sustenta en la voluntad política de los participantes y se desarrolla con agendas que tienen propuestas que, por aproximaciones sucesivas, pueden llevar a conciertos políticos, sociales y económicos que fortalezcan la democracia y la gobernabilidad del país.

Tiene razón un reciente editorial de El Comercio cuando señala que dialogar no es gobernar. Añadiría que, no obstante, ayuda a gobernar, cuando va acompañado por el compromiso de desarrollar lo dialogado. Esto nos lleva a plantear las obligaciones morales y políticas que adquiere un gobierno que propone o acepta el pedido de diálogo de las fuerzas políticas que se lo piden.

El diálogo es sinceramiento de posiciones y aceptación de alternativas. No sirve, en consecuencia, como tapadera de errores persistentes ni como cortina de humo que simula cambios para que nada cambie. Si el gobierno habla nuevamente de diálogo, es porque admite equivocaciones y sugiere propósitos de enmienda. Otro tanto corresponderá proporcionalmente a las demás fuerzas políticas que suscriban acuerdos políticos multipartidarios que requerirán una ley en el Parlamento, pero objetivamente esto no cambia, aunque mejora los actos y respaldos de quien fue elegido para gobernar.

A partir de esta lógica, de elemental racionalidad política, debe entenderse que el presidente Ollanta Humala y su gobierno van al diálogo no para que la conclusión de este sea la salida de algunos ministros. El cambio debe ir por delante, porque es esencial para la recuperación de la credibilidad perdida y porque, aliviado del peso negativo que significan algunos ministros que carecen de sensibilidad democrática (Daniel Urresti, por ejemplo), el retiro será una prueba gubernamental de llegar a la fase final de su período, dejando de lado prácticas de agravios y suspicacias.

El gobierno ha cometido muchos autogoles políticos. Es hora de dejar de hacerlos. No es exageración. Ahí está la ahora felizmente derogada ‘ley pulpín’, en la que increíblemente se llegó a extremos de aislamiento cuando se debió convocar a las dirigencias y representantes de juventudes. Ese estilo ha hecho mucho daño al gobierno y expresa una mala comprensión de las responsabilidades adquiridas cuando se dejó de lado la gran transformación y se pasó a la hoja de ruta o cuando, en lugar de convocar a personalidades con capacidad para el manejo de situaciones en una gestión ministerial, se prefirió a técnicos que carecen de formación y experiencia política, o en la reiterativa práctica del discurso antipartido, que parece haber llegado al uso de inaceptables reglajes.

Ninguna de estas prácticas es compatible con una voluntad política de diálogo. No sirven a un escenario donde lo que importan son acuerdos que permitan avanzar con bases sólidas hacia la finalización de este gobierno en julio del 2016. Al fin y al cabo, y si se da, no se trata de un coloquio para especular sobre los “Diálogos” de Platón.

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